Mi abuelo era un inventor.

Toda su vida se la había pasado jugueteando con algo, ya fuera un aparato existente que alteraba, convirtiéndolo en algo completamente nuevo, o inventando algo desde cero con partes sueltas. Y aunque nada de lo que inventaba era monumental, ver lo que había creado siempre fue uno de mis deleites más grandes desde que era una niña pequeña.

Durante mi infancia, las visitas a su hogar siempre comenzaban o terminaban con mi hermana y yo sentadas en su sofá; yo con una mirada de fascinación absoluta en mi rostro diminuto mientras mi abuelo nos presumía fuera cual fuera el artilugio que había armado en su taller esa vez. Era como tener un Santa personal que trabajaba todo el año para llenar mi mente de ocho años con admiración y alegría.

Joana estaba igual de emocionada, sin importar cuánto tratara de ocultar su propio entusiasmo —quizá en un intento por verse más genial o más madura que yo—. Y aunque la vida real se interpuso, y las visitas se volvieron más y más escasas a medida que crecíamos, siempre hacíamos tiempo para verlo al menos unas cuantas veces cada año. Y cada vez, tenía algo nuevo que mostrarnos.

Realmente era un genio.

Incluso después de todos estos años, no soy capaz de enojarme por lo que pasó, no soy capaz de odiarlo. Mi abuelo no tenía idea de qué ocurriría. Sí sabía que algo estaba mal, naturalmente; no era un viejo ingenuo. Desde la primera vez que vio el mundo a través de ellos, supo que algo estaba mal. Quizá lo consideró inquietante, y hasta curioso, pero no algo que pudiera herir a nadie. En el fondo, creo que solo quería confirmar que no estaba loco. Quería asegurarse de que no estaba viendo cosas. ¿Y quién podría culparlo?

Éramos tres ese año.

Yo, mi hermana y mi novia, Melina. Mi hermana y yo estábamos acostumbradas a que nuestro abuelo estuviera lleno de energía antes de mostrarnos sus inventos, así que su ánimo extrañamente minimizado cuando nos recibió en su puerta fue un poco sorpresivo. De hecho, me sentí decepcionada, pues había esperado que Melina pudiera participar en la experiencia de un nuevo invento siendo demostrado efusivamente ante nuestros ojos asombrados. Recién habíamos comenzado nuestro noviazgo ese año, así que era la primera oportunidad que ella tenía para ver el tipo de cosas de las que le había estado hablando.

El día transcurrió agradablemente mientras conversábamos, disfrutando del almuerzo y viendo televisión juntos. Creo que fui yo quien finalmente le preguntó si tenía algo especial que quisiera mostrarnos. Todas sabíamos que había creado algo; mi hermana y yo habíamos hablado por teléfono con él meses atrás y nos explicó ansiosamente que estaba trabajando en algo que podría llegar a ser bastante extraordinario.

No puedo decirles cómo los fabricó, ni lo haría si pudiera. Tampoco puedo decirles cuál fue la idea original que tuvo para esos anteojos circulares teñidos extrañamente, previo al día fatídico en el que miró a través de ellos por primera vez y vio lo que vio.

Lo único que sé es que cuando lo presioné para que revelara su último invento, se puso nervioso de una forma que nunca había visto en él; marcadamente preocupado por algo. Vaciló antes de hablar, como si no estuviera seguro de si debía decirlo en lo absoluto, y entonces explicó que la naturaleza de su proyecto había cambiado después de un evento inusual, y que no le parecía una buena idea mostrarnos el producto finalizado.

Ahora bien, pudimos haber crecido desde la época en que podíamos amarrarnos en sus piernas, pero no importa que alguien tenga dos años o más de veinte, la manera más definitiva para hacer que quieran algo es diciéndoles que no lo pueden tener. Así que interpretamos su reticencia como una fachada para realzar el suspenso antes de la presentación. Y tras un poco de convencimiento, accedió y fue a traerlo. Regresó minutos después con lo que parecían ser unos anteojos.

Con una gran diferencia. Los cristales de los anteojos no eran como ningún otro que hubiéramos visto antes. Ni siquiera puedo describir el color sin recurrir a palabras como «rojizo» o «verduzco», pues no eran exactamente de ningún color en particular. De hecho, no parecían ser monocromáticos en lo absoluto, porque si los inclinabas hacia algún lado, se veían diferentes a como se verían si los inclinabas hacia el otro lado.

Cuando le preguntamos qué hacían, mi abuelo guardó silencio por un momento, y luego nos dijo que teníamos que probarlos nosotras mismas, como si no estuviera seguro de que le fuéramos a creer si nos lo explicaba. Joana quiso ponérselos primero, pero cuando los levantó de la mesa, mi abuelo se acercó y le agarró la mano.

Le advirtió que podría ser alarmante al principio, pero que no corría ningún peligro y que simplemente podía quitárselos si se asustaba. Agregó que lo que estaba a punto de ver quizá no tendría mucho más sentido para ella de lo que tuvo para él, pero que los tres estábamos a su lado y que estaba a salvo. Pude notar que Joana se intimidó; siempre había sido terrible para ocultar cómo se sentía. Incluso yo me inquieté un poco por cómo mi abuelo actuaba tan atípicamente ominoso sobre todo el asunto.

Joana se colocó los anteojos y esperamos.

Se quedó sin aliento y luego, por varios segundos, se vio más intrigada que nada. Sus labios se movieron mudamente y creí haber captado un «No… eso no está bien» junto a un suspiro mientras veía algo que ninguno de nosotros podía ver.

Y luego empezó a gritar.

No sé si alguna vez han escuchado a alguien gritar de terror en la vida real. Les puedo prometer lo siguiente: no es como en las películas. Las películas no transmiten el sonido terrible de alguien que amas desgarrándose los pulmones, haciendo un ruido más propio de un animal que de un ser humano. Ni te pueden hacer sentir lo que yo sentí en ese momento, viendo cómo Joana se quitaba los anteojos y los tiraba al otro lado de la habitación.

Y nada nos pudo haber preparado para la imagen de Joana queriendo arrancarse sus propios ojos, gritando más fuerte de lo que nadie debería ser capaz de gritar.

Hizo falta la fuerza de los tres para inmovilizarla. Cuando la teníamos en el suelo y ya no podía seguir lastimándose, Melina y mi abuelo la mantuvieron así mientras yo llamaba a una ambulancia. Tuve que observar cómo era amarrada y rodada en una camilla, retorciéndose y siseando y chillando como un animal frenético, como algo totalmente consumido por el miedo.

Tuve que explicar lo que había pasado, sabiendo perfectamente cómo me hacía sonar. Melina y yo les explicamos al personal escéptico del hospital la serie de eventos que condujeron a esto, y luego a los especialistas que fueron convocados cuando nada aparte de un tranquilizante podía evitar que mi hermana siguiera tratando de herirse mientras gritaba de aquella forma.

Mi abuelo había destruido los anteojos, haciendo que fuera imposible demostrar lo que sucedió. Y no fue hasta casi un año más tarde, mucho después de que mi hermana fuera institucionalizada, que finalmente confronté a mi abuelo. No sé si haber tenido los anteojos pudo haberla ayudado, haberles dado a los doctores alguna vía para arreglar las cosas. Pero lo dudo, y realmente no puedo culpar a mi abuelo por lo que hizo, porque fue un acto que nació del arrepentimiento y de un deseo sincero para asegurarse de que la situación no se repitiera.

Le pregunté qué fue lo que mi hermana vio ese día. Le pregunté qué fue lo que esos anteojos le hicieron. Mi abuelo no quiso hablar de ello, y por primera vez en mi vida le levanté la voz, demandando airadamente que me dijera, después de todo ese tiempo, lo que había llevado a mi hermana a ese estado. Qué la había afectado tan profundamente, tan devastadoramente que ahora ni siquiera podía reconocerla como la persona que me acompañó toda mi vida.

Me llevó a su taller y empezó a excavar por los artefactos y partes que abarrotaban el lugar —los inventos a medio terminar, descartados desde hace mucho—. Sacó una pieza de cristal similar a las que habían sido encajadas en aquellos anteojos. Me dijo que no había ninguna manera de describirlo sin sonar como un demente. Que si lo quería saber, tendría que verlo. Pero me rogó que no lo hiciera, pues saberlo no mejoraría las cosas en nada.

Cerrando mi ojo izquierdo, sostuve el cristal a la altura de mi ojo derecho, y todo cambió en un instante. Aparte de mi abuelo parado frente a mí, ahora había docenas más en la habitación con nosotros. Pero no eran personas.

Eran pálidos y demacrados. Estaban encorvados y vestían con prendas negras. Tenían labios negros y ojos amplios sin párpados que parecían abultarse en sus cráneos de una forma tan cómica como desconcertante. Sus bocas estaban repletas de cientos de dientes finos, como agujas. Sus dedos eran grotescamente largos y terminaban en uñas negras peligrosamente puntiagudas que raspaban el suelo mientras caminaban. Y todos ellos estaban hablando, o, más bien, sus labios se estaban moviendo sin sonido.

Cada uno de ellos estaba tratando de decir algo que no podía ser escuchado; docenas y docenas de voces queriendo transmitir algo.

Conmocionada, aparté el cristal de mi ojo y mi abuelo puso una mano en mi hombro, preguntándome si estaba bien.

Estaba lejos de estar bien, y él tuvo la razón… lo que vi empeoró las cosas, no las mejoró.

Me tomó un tiempo resolverlo, claro. Por qué esos cristales habían tenido un efecto tan atroz en mi hermana, mientras que yo había sobrevivido la experiencia, asustada, pero sin acarrear las cicatrices mentales que le había causado a ella.

Los cristales solo me permitieron VER a las criaturas. No pude escuchar lo que estaban tratando de decir, no pude entender el mensaje que estaban tratando de impartir.

Pero mi hermana era sorda.

Sabía leer labios.


  • Una excelente historia que te deja con la duda de que dicen esas cosas

  • Cuales habrán sido sus intenciones, ellos podían verlos o no, buena historia para no dormir pensando en teorías XD

  • Es impactante ya que es algo similar a otras que el tío Creepy ha traducido pero está tiene su propio toque , debió haber sido algo incomprensible para la mente humana ya que sólo la idea de la imagen de esas cosos era aterradora, ahora sabiendo y por supuesto entendiendo lo que trataban de comunicar provocó la pérdida de la razón en la joven, me encantó mucho la manera de narrar de esta creepypasta ya que me provocó bastante curiosidad por saber el mensaje de esos entes.
    Pdt: Yo uso lentes y créanme me permites ver las cosas con mayor color y detalle.

  • Queremos conocer o no queremos conocer el mensaje.
    Que buena historia

  • No dormiré por querer saber lo que decían.. pero está historia sí que me enchino la piel… Un cristal como el de Coraline..

  • Andrés Stiven Casallas dice:

    Hermoso, aunque sacrifique unos minutos de sueño, valió la pena

  • Gran historia, la verdad ya la había leído en el sitio de fb pero siempre es placentero releer creepys que valen la pena y sin importar cuantas veces lo leas siempre te queda la misma impresión.

  • Es una intriga total saber qué decían esos seres extraños.

  • Que será lo que pudo descifrar la hermana, que será lo que dicen esas cosas?

  • Deben utilizar a otro sordo, hasta que alguno pueda traducir lo que dicen