—Debes de ser la perra más suertuda del mundo. Te felicitaría por tu ingenio, pero no creo que entiendas por qué tienes tanta suerte.

Tragué saliva y cerré la llave sin apartar la mirada. Dio un paso hacia mí, y yo retrocedí.

—En dos semanas, vendrán algunos de los clientes más ricos con los que hemos negociado. Y, por alguna razón, uno de esos culos adinerados te escogió a ti como su puta.

Justo como había dicho Jacob.

—No quiere que tengas ni un rasguño cuando llegue. Así que simplemente eres la perra más suertuda del mundo. Nadie sobrevive después de un atentado en contra de mi vida.

—Dile eso a Angela —murmuré, pero me arrepentí.

—Angela está enferma. No tiene idea de lo que está pasando. Su mente está trastornada.

—Esa es una buena excusa viniendo de ti.

—Cuida tu lengua. Después de que nuestros clientes ricos se vayan, una de dos: o estarás muerta o serás encerrada en el Infierno por años. Aún no he decidido cuál es mejor. Así que dale gracias a tu suerte de que hayas sido reservada por este cliente. Si hubiese sido cualquier otro, les habría dicho que te suicidaste.

La Perra Caracortada se acercó y me agarró del brazo. La dejé sacarme del cuarto de duchas en silencio. Todas las demás chicas ya se encontraban en sus habitaciones y probablemente pensaban que estaba siendo asesinada.

—¿Cómo lo supiste? —le pregunté cuando abrió mi puerta de un empujón y me lanzó hacia adentro.

Ella sonrió sombríamente.

—La cerradura del armario está rota. Alguien tenía que estar sosteniendo la puerta desde adentro. Putita ingenua.

Luego azotó la puerta y la cerró.

Pasé la siguiente semana devanándome los sesos para crear un plan. Pasé cada hora de vigilia durante la noche practicando para falsear la cerradura.

Sin éxito. Ni una vez.

Exactamente siete días más tarde, mi puerta fue abierta por la Perra Caracortada.

—Sal de aquí. Inspecciones.

—¿Qué? —pregunté. Las inspecciones aleatorias no eran parte de la rutina.

Ella me ignoró y pasó a la siguiente puerta. Suspiré y me levanté de la cama. En el pasillo, me paré a un lado de mi puerta viendo hacia el frente, como se suponía que debíamos hacer. Una por una, cada chica fue convocada al pasillo.

Dando un vistazo alrededor, noté que los dos guardias usuales habían sido reemplazados por cuatro. Dos estaban parados enfrente de las puertas que conducían al Infierno y los otros dos estaban parados frente a las puertas dobles que conducían al resto del edificio.

«Mierda», pensé. «Están aquí».

Los ricos bastardos habían llegado antes. Cerré mis ojos y traté de pensar en un plan. Algo. Cualquier cosa. Incluso si podía saltarme los guardias que conducían a cualquier entrada, una puerta retenía un edificio desconocido con un número incierto de personas, y la única salida del Infierno era por ventanas a seis metros de altura.

—Escuchen —anunció la Perra Caracortada—. Tenemos un par de socios muy especiales que vendrán en cualquier momento. Compórtense o vivirán en el Infierno por un mes. No hablen a menos que les dirijan la palabra. No traten de convertirlos en sus clientes. Si las piden, entréguense a ellos. ¿Entendido?

—Sí —dijimos en unísono.

Nos quedamos ahí paradas por un largo tiempo. Nuestras piernas se pusieron adoloridas y no dejábamos de flexionarlas para calmar nuestros músculos. La Perra Caracortada estaba sentada en una silla de la esquina usual de los guardias. Los guardias estaban recostados contra la pared, echándole miradas celosas a su silla.

Jacob era uno de los guardias junto a las puertas que conducían al Infierno. No dejaba de pasarme la mirada. Yo evadía sus ojos.

Súbitamente, las puertas dobles que conducían al resto del edificio se abrieron. Fue mi primer vistazo más allá de esas puertas de madera oscurecida. Lo único que pude ver fue un tramo de escaleras que bajaban a nuestro piso.

Tres personas caminaron a través de las puertas: una mujer y dos hombres. La mujer caminaba por delante, haciendo gestos como una maldita guía turística.

—Aquí es donde se hospeda a las chicas. Los cuartos están diseñados para sentirse normales y cómodos, a un mismo tiempo que permiten mantener la seguridad.

Los dos hombres se esparcieron por el pasillo, cada uno viendo en una dirección diferente. Solo parecían tener unos cuantos años más que la mayoría de nosotras.

El hombre a la derecha, un sujeto alto y rubio, estaba viendo al techo y luego a las puertas; cualquier parte excepto a nosotras. El sujeto a su izquierda, más bajo que el rubio y de cabello castaño corto, estaba recorriendo ambas filas de chicas. Mantuvo contacto visual con cada chica por unos diez segundos, cruzando un camino por las filas con sus ojos.

—¿Cuántos cuartos están ocupados? —preguntó el rubio.

—Actualmente, todos los cuartos están ocupados y generando ganancias —contestó la guía.

Mentiras. Yo no había visto un cliente desde el sujeto en el que vomité. ¿Quiénes eran estos imbéciles?

—Tenemos más chicas acumuladas por allá —mencionó la guía, señalando al Infierno—. Y se están muriendo por llenar estos cupos. Tenemos flexibilidad.

Casi resoplé por la oficialidad de su tono. Como si estuviera exhibiendo acciones de la bolsa de valores en vez de vidas humanas. Mi mandíbula se tensó mientras me aguantaba la urgencia de embestir a la guía. Entonces, el hombre de cabello castaño hizo contacto visual conmigo.

Su expresión fue muy inquietante, al punto en que tuve que girar mi cabeza claramente hacia él. Observé cómo sus ojos abandonaban los míos y seguían un rastro por mis facciones. No bajaron más que eso, pero inspeccionaron cada centímetro de mi cara. Sus ojos se tensaron y caminó directamente hacia mí.

La guía turística no se inmutó y siguió hablando, pero el rubio me observaba a medida que su compañero se me acercaba.

—¿D? —lo llamó.

Pero no disminuyó su paso, y, cuando llegó a mí, levantó su mano y agarró mis mejillas entre sus dedos.

—Interesante —dijo tan silenciosamente que solo yo pude escucharlo—. Mírame a los ojos.

Lo hice, vacilante.

—La llevaré a ella —anunció, viendo a su compañero por encima de su hombro—. No creo que tome mucho.

—Ella está… —alzó la voz la Perra Caracortada, pero se interrumpió a sí misma. Su expresión mostraba que se arrepentía de haber hablado.

«D» relajó su agarre en mi cara y volteó a la Perra Caracortada por encima de su hombro.

—…reservada —terminó de decir la Perra Caracortada mansamente. Incluso desde mi ángulo, pude ver cómo el joven castaño levantó una ceja.

—¿Para quién? —la cuestionó peligrosamente.

—Tenemos… unos clientes muy ricos que vienen en una semana. La pidieron a ella específicamente —explicó la Perra Caracortada mientras la seguridad en su voz aumentaba.

D sonrió con picardía.

—Entonces no les importará si la estiro.

Empezó a guiarme a mi habitación tomada de la mejilla, pero el hombre que lo acompañaba dio un paso al frente.

—D —le advirtió.

—No estoy interesado en las ganancias —le contestó. Luego me dio la vuelta y me metió a mi habitación. Entró y cerró la puerta detrás suyo.

—¿Nombre? —preguntó.

—Liz —murmuré.

—Alza la voz.

—Alyssa —dije de nuevo, más fuerte.

Dio unos pasos hacia adelante, y retrocedí a la cama, sentándome.

—¿Por qué no has escapado aún? —me preguntó bruscamente, postrándose ante mí.

—¿Qu-Qué?

—Los guardias apenas están armados, estas puertas son demasiado frágiles y ni siquiera hay alguien aquí cuidándote. ¿Por qué no has escapado?

—N-No sé… cómo responder…

—Ni siquiera has tratado de abrir las paredes para escapar, ¿o sí? —Dio vueltas por la habitación, viendo por todos lados—. El espejo está intacto; esperaba que eso hubiera sido lo primero en irse. El tocador está intacto. Al menos la manija de la puerta está rasguñada. ¿Estabas falseando la cerradura?

Mi garganta se achicó. Iba a encontrar mis ganzúas y me mataría. Sus ojos estaban oscurecidos y rojos. No parecía estar drogado, pero definitivamente estaba… mal.

—¿En dónde las tienes? —exigió. Yo me agazapé, alcanzándolas de debajo de la cama. Él sonrió cuando las vio.

—Veamos qué más hay ahí abajo —dijo, arrodillándose a mi lado para asomarse. Su mirada se fijó en la madera marcada en donde llevaba el registro de mis días, y se agachó todavía más.

—¿Cuánto tiempo has estado aquí?

—He perdido unas cuantas semanas de marcas, así que no estoy del todo segura —le respondí en silencio.

Indecisa, le entregué las astillas de mental, y él jugó con ellas entre sus dedos mientras meditaba.

—¿Alguna vez has estado en el Infierno?

Antes de que pudiera responder, sonrió siniestramente.

—Claro que sí, mira tus ojos.

—De ahí saqué estas —se lo confirmé, apuntando a las astillas. Él me las extendió, y las tomé con sorpresa. Quería preguntarle por qué me estaba permitiendo quedarme con ellas, pero no me atreví.

D buscó en su bolsillo y sacó una cuchilla. Me estremecí y me arrastré por el suelo, alejándome. Él se rio, pero comenzó a tallar en la madera.

Un… número de teléfono. Talló un número de teléfono en el marco de madera.

—Si alguna vez sales de aquí, llámame. Me encantaría escuchar cómo lo lograste.

Se puso de pie y me alzó agarrándome del antebrazo.

—De… —comencé, pero me detuve, insegura de qué quería preguntar.

Arqueó sus cejas, esperando impacientemente a que terminara.

—¿Del lado de quién estás? —terminé. Él se rio un poco más de la cuenta. Ese sujeto claramente no estaba presente al 100%. O estaba muy por delante como para seguirle el paso.

—Estoy de tu lado —contestó con una sonrisa amenazadora—. Estoy aquí para mejorarte, Liz. Esa es la única razón por la que estoy aquí. Mi compañero trata de enfocarse en el dinero de la prostitución, pero yo solo estoy interesado en personas como tú. Luchadores que ponen el esfuerzo mínimo no solo para la supervivencia, sino para el escape.

—Traté algo la semana pasada —ofrecí. Sus cejas se alzaron por la sorpresa. Se sentó en la cama y me sentó a su lado.

—Cuéntame —prácticamente babeó.

Le hablé de Angela y de lo que había hecho. Bebió cada detalle, y podía ver que sus puños se presionaban por la emoción.

—Tan cerca, pero aún no llegas a ese nivel —murmuró con un guiño—. Puedo pensar en… tres, quizá cuatro buenas maneras para poner a este lugar de rodillas.

—Cuéntame —remedé.

Me negó con un dedo.

—Descúbrelo, luego llámame cuando hayas salido de aquí —Se levantó—. Estoy ansioso por verte en el exterior.

Si su locura no se hubiese colado, lo consideraría apuesto. Era joven, atractivo y había elevado sus expresiones faciales a una forma de arte.

—Espera —dije mientras se giraba hacia la puerta—. ¿Viniste aquí para preguntar por qué no he escapado? ¿No para sexo?

Se rio de nuevo.

Por favor, ni siquiera vi tu cuerpo. No estoy interesado en el sexo de esa forma, Liz. Vine aquí porque, sí, puedo ver que eres una luchadora. Me recuerdas a alguien. Nada más.

—Cómo… —lo interrumpí de nuevo cuando se giró hacia la puerta—. ¿Cómo puedo falsear la cerradura?

Una sonrisa se ensanchó lentamente por su rostro.

—Tráeme tus ganzúas y te lo demostraré.

Fue la situación más confusa en la que había estado durante mi encarcelamiento, pero D me mostró brevemente cómo falsear la cerradura. Cuando la cerradura hizo clic, me devolvió las astillas de metal. Las dejé caer a un lado de la puerta. No hubo suficiente tiempo para esconderlas, porque abrió la puerta de golpe y estiró sus brazos en el aire.

Eso era justo lo que necesitaba —le anunció al pasillo. Lo seguí y me paré a un lado de mi puerta. Todas las otras chicas se veían como si hubieran saltado de las paredes cuando la puerta se abrió de golpe. Los guardias también.

Parecía que la pequeña demostración se había movido hacia el Infierno. Las puertas dobles que conducían ahí estaban abiertas de par en par. D se estiró de nuevo y caminó por las puertas sin mirar atrás. Su andar era sencillo y relajado.

Me quedé parada en silencio con las demás chicas, todas evadiendo mirarse las unas a las otras. Excepto Lana, quien aún me veía con odio y en un punto me hizo un gesto de degollamiento. Incliné mi cabeza en su dirección, esperando transmitir mi disculpa. Aún se veía cabreada.

Escuché a las chicas gritando desde el Infierno por las puertas abiertas. Angela le estaba gritando a la Perra Caracortada, quien aparentemente había seguido el desfile hacia el Infierno. Jacob seguía tratando de llamar mi atención, y arqueó las cejas de manera inquisitiva cuando al fin le hice caso. Lo ignoré.

Las puertas más lejanas del Infierno se cerraron, y el grupo de cuatro regresó al pasillo. El otro par de puertas se cerraron y el grupo se ubicó en el medio.

—¿Qué piensan, caballeros? —preguntó la guía turística. El joven rubio miró alrededor, contemplativo.

—Solo mantengan las ganancias fluyendo y no escucharán ninguna queja de mí —dijo al fin. Sus ojos se arrastraron hacia mí en el último instante, memorizando cada detalle de mi cuerpo. Entrelazamos miradas, pero yo la aparté primero.

La guía turística los condujo a las escaleras, y D me vio por encima de su hombro al salir. Me guiñó un ojo y luego subió las escaleras. La Perra Caracortada se quedó atrás.

—Devuelta a sus habitaciones —bramó.

Esa semana fue mi mejor. Siguiendo la rutina, no me llevaron ni un solo cliente. Probablemente como parte del trato con el cliente rico que vendría en una semana. Por mí estaba bien, porque repasé todo lo que D había dicho.

«Puedo pensar en… tres, quizá cuatro buenas maneras para poner a este lugar de rodillas».

Una parte de mí quería descartarlo como un imbécil que estaba hablando por el culo para fastidiarme. Pero cuando me enseñó a falsear la cerradura, supe que probablemente no estaba bromeando.

Algo en él estaba mal, pero mientras más lo pensaba, más podía ver su interior calculador, siempre en marcha.

«Los guardias apenas están armados, estas puertas son demasiado frágiles y ni siquiera hay alguien aquí cuidándote».

«¿Por qué no has escapado?».

Me debatí esa pregunta bastante. Y la respuesta a la que llegué fue miedo. Miedo al dolor. Miedo al Infierno. Miedo a la muerte.

Y, por primera vez, empecé a racionalizar y a pensármelo bien. Ahí, el dolor era inevitable, al igual que el Infierno. La muerte llegaría de todas formas, pues no había manera de que me permitieran ser libre después de mis insurrecciones.

Era escapar o morir intentándolo.

Dejé de estar asustada. Comencé a planear un escape.

La mañana después de que D y su compañero partieron, cubrí mi espejo con una sábana. Cuando Jacob llegó a dejarme la primera comida del día, revisó sospechosamente debajo de la sábana.

—Ya no quiero ver mi reflejo —expliqué. Evadió mirarme, como si el avance sexual de D me hubiera vuelto desagradable para él. Yo estaba bien sin sus miradas lascivas.

Ignoró la sábana después del segundo día. Simplemente se volvió normal para él.

Mientras el resto de la semana transcurría, y los gritos orgásmicos llenaban el pasillo, me puse a trabajar. Levanté mi colchón y removí uno de los tablones que sostenían la cama. Era de un metro de largo y quince centímetros de ancho. Lo apoyé contra el marco de mi cama y lo pateé varias veces hasta que se partió por la mitad, creando dos lanzas prácticas.

Pasé horas junto al marco de metal, frotando el extremo de cada lanza hasta que se afilaron en un punto leve pero útil. Cada vez que alguien me traía comida, las metía debajo de mi colchón. Nunca inspeccionaban ahí abajo. Una falla de seguridad.

Tres días antes de que los bastardos adinerados llegaran, quebré mi espejo. Retiré la sábana, la estiré sobre la cama, puse el espejo encima, luego otra sábana y me senté en él hasta que sentí los crujidos silenciosos.

Tras levantar el marco del espejo, encontré docenas de trozos largos. Unos golpes calculados con mis lanzas me permitieron darles forma para que tuvieran mangos. Rompí un extremo de mi sábana en forma de jirones y los envolví alrededor de los mangos. Cuando había terminado, tenía cuatro cuchillas decentes.

Probé una, e inmediatamente descubrí que la única forma de usarlas era para desgarrar. Si apuñalaba a alguien, se quebrarían.

Volví a colgar el espejo y lo tapé con la sábana. Jacob ni siquiera le prestó atención.

Hice aberturas pequeñas en mi lencería para que pudiera meter mis tres cuchillas restantes. Las hojas se sostenían apenas creando una silueta. La tela las escondía muy bien a pesar de ser ajustada. Las ganzúas cupieron fácilmente en la tela de mi cintura.

Por último, tomé un pedazo de espejo y lo usé para ver por debajo de mi puerta durante la noche. Estudié el pasillo entero cada noche, buscando lo que fuera que pudiera ser remotamente útil.

Los guardias se sentaban en una mesa a un lado de las puertas del Infierno y conversaban. Eran hombres rusos grandes, con la excepción de Jacob.

Un día antes de que llegaran los bastardos adinerados, la Perra Caracortada nos llamó para que nos alineáramos. Dejé todas mis armas en mi habitación. Nos dio un sermón sobre nuestro comportamiento para asegurarse de que les brindáramos el mejor cuidado posible a esos clientes. Si hacíamos algo fuera de lugar, pasaríamos meses en el Infierno. Las mismas amenazas de siempre. Amenazas a las que ya no temía.

Fuimos regresadas a nuestras habitaciones y la noche se gastó. Me obligué a dormir, convencida de que mañana sería el día en el que actuaría, y necesitaba el descanso.

Exactamente a las nueve, fuimos conducidas al cuarto de duchas. La semana completa, había estado pescando miradas de todas las chicas. Esta vez, Lana me confrontó.

—¿Por qué no estás muerta? —me preguntó con un tono sombrío—. ¿Que no pusiste a Angela en el armario?

—No, no lo hice —mentí, igualando su tono.

—¿Entonces por qué la Perra Caracortada te arrinconó después?

—Mira —suspiré, tratando de aplacar la situación. Todas las chicas estaban observando la conversación con interés genuino—. Estoy tratando de salir de aquí. Puedo ayudarlas a salir.

Lana frunció el ceño.

—No hay manera de salir de aquí.

—¿Ah sí? ¿De qué están hechas las paredes?

Se veía confundida.

—Tablones de madera barata. Puedes abrir un hoyo en la pared con un puñetazo y arrastrarte a la habitación vecina.

—Mamadas.

Rodé los ojos.

—Bien, no me creas. Pero cuando salga, mandaré a la policía hacia ustedes.

Todas resoplaron junto a Lana, pero noté a varias chicas viendo en mi dirección mientras nos limpiábamos.

Me sorprendió cuando los bastardos adinerados no llegaron durante el día. Parecía que preferían a sus putas por la noche.

Todas pasaron ansiosas el día entero. Nadie vio ningún cliente y podía sentir la anticipación. También podía oler el miedo.

Más tarde esa noche, según el reloj, Jacob trajo varios juegos de maquillaje y una plancha para cabello conectada a un cable de extensión.

—Tu turno —dijo, colocándolo todo en el suelo antes de cerrar la puerta con llave—. Además, eres la última. Tenemos que apurarnos antes de que lleguen aquí.

Desplegó los juegos de maquillaje en mi tocador y colocó la plancha a un lado, calentándola.

Justo cuando Jacob se acercó para jalar la sábana del espejo, alcé la voz.

—¿Cuál es tu problema?

Se detuvo, dándose la vuelta.

—¿Qué?

—¿Estás enamorado de mí o algo? Eres como el acosador celoso que nunca tuve.

Eso puso a hervir su sangre.

—¿Qué mierda dijiste? —susurró, moviéndose hacia mí. Doblé una mano detrás de mi espalda, tocando una de mis cuchillas.

—Adelante, confiésalo. Dime que estás enamorado de mí y que me deseas —lo antagonicé.

Él gruñó y me empujó. Caí en la cama sobre mi costado derecho; él se subió encima de mí y presionó mis hombros en el colchón.

—¡Puta… sucia! —enunció, sacudiéndome con cada palabra. Nunca vio la madera que había escondido debajo de mis almohadas. Lo azoté en la cabeza con tanta fuerza como pude amasar. Se quejó por el dolor y soltó la presión en mis hombros.

Alcé mi otra mano para empuñar una cuchilla y la deslicé por su garganta. Fue un corte profundo, pero también rasgué la otra mitad de su cuello solo para estar segura. Su sangre me bañó con gotas cálidas del tamaño del granizo. Jacob jadeó y apretó ambas manos en su cuello. La sangre se filtraba por sus dedos.

Me puse de pie mientras él caía de lado, cubriendo mis sábanas en sangre. Agarré la lanza con mi mano derecha y la elevé sobre mi cabeza.

—Puto pervertido —lo remedé, con voz áspera, antes de poner toda mi fuerza en la lanza, impeliéndola a su pecho. Sentí cómo hizo crujir sus costillas mientras se hundía más y más, descansando en su corazón.

Se retorció solo por unos segundos antes de perder el conocimiento.

Una pizca de culpa castigó mi corazón, pero me la arranqué con la misma fuerza que jalé la lanza en su pecho.

Se lo merecía.

—¡Ayuda! —grité—. ¡Necesito ayuda!

Otro guardia vino corriendo y revolvió sus llaves afuera de la puerta. Revisé que todas mis armas estuvieran en su lugar, incluyendo la segunda lanza a mis pies. Encarando la puerta, me aferré con fuerza a mi lanza, lista para pelear por mi vida.

La puerta se abrió, y nunca supo qué le pegó. Lo embestí enterrando la lanza directamente en su estómago. Pero se atascó a la mitad, y la tuve que soltar. Había cumplido su trabajo. Él grito por el dolor y cayó a sus rodillas. Sus manos sujetaron la madera y sus ojos se habían dilatado por la impresión.

Levanté la otra lanza en mi mano y salí al pasillo. Pateé caprichosamente la lanza en su estómago mientras pasaba a su lado. Entonces comenzó a gritar.

Mierda.

Me di la vuelta para noquearlo con la lanza, pero era muy tarde. El daño estaba hecho. Las otras chicas estaban gritando en sus habitaciones, rogando que las dejaran salir.

Vi alrededor del pasillo y me lo encontré vacío. Solo había dos guardias esa noche, y ni señales de la Perra Caracortada. Debía de estar afuera recibiendo a los bastardos adinerados.

Corrí al Infierno.

Esta decisión la había tomado después de un debate extenso conmigo misma. Conocía exactamente qué había más allá de las puertas del Infierno, pero no tenía ni idea de qué me esperaba detrás de las otras puertas. Hasta donde sabía, podía haber otros diez guardias.

Estaba segura de que el Infierno tenía ventanas, y de que la estructura se encontraba parcialmente bajo tierra.

Resultó que las puertas del Infierno solo estaban cerradas desde un lado. Supongo que nunca esperaron que alguien quisiera entrar al Infierno.

La luz se derramó en el calabozo oscuro y gélido. Al instante en que abrí las puertas, el olor sobrecogedor me agredió. No me había olvidado de él, pero fue tan potente que me hizo vacilar por un segundo.

—¿Angela? —llamé en la oscuridad. Ninguna de las dos paredes tenía interruptores de luz—. ¿Angela? —llamé de nuevo.

Nada.

Caminé de celda en celda, inspeccionando los rostros cubiertos en mierda. Ni señales de ella. No fue hasta que doblé por la esquina de la fila trasera que la vi. Estaba colgando del techo; sus tobillos y manos estaban amarrados y conectados a una cadena que se estiraba por las vigas en lo alto. Estaba ubicada a la derecha de la puerta, cerca de la pared con las ventanas.

—¡Angela! —la llamé, corriendo hasta que estaba debajo de ella. Si me ponía de puntillas, podía tocar su cabello. Sus ojos estaban cerrados.

De pronto, me llenó un cansancio sobrecogedor. Mi falta de nutrición me estaba pasando la factura. Quemaba energía demasiado rápido.

Por una fracción de segundo, consideré dejar a Angela ahí. Tenía que escapar mientras aún podía.

Pero algo me asaltó desde la oscuridad. La Perra Caracortada me embistió el costado, y rodé por el piso. Mi lanza improvisada repiqueteó en el concreto.

Sabía que intentarías algo. Tu última noche en la tierra y la desperdicias tratando de rescatarla a ella.

Me precipité a mis pies y me desplacé hacia mi lanza. Ella sacó su tablón de debajo de su brazo y me lo tiró. Me golpeó en las rodillas, suavizadas por el frío. Grité al tropezar, colapsando bruscamente en el concreto.

—Sabía que él te hizo algo. Lo pude notar en tu actitud después de que se fue. Te dijo algo que te hizo creer que podías salir de aquí.

Levanté su tablón y me empujé a mis pies.

—De hecho —carraspeé—, todo esto es tu culpa.

Di dos pasos hacia adelante y arremetí contra ella. Rasgué el aire con el tablón cuando ella se apartó. El impulso me hizo caer hacia adelante, y amortigüé la caída con mis manos y rodillas. La Perra Caracortada se rio de mí. Luego me dio un puñetazo en la cabeza. Rodé de espaldas, respirando con dificultad.

—Las matamos de hambre por una razón —se burló, levantando su tablón.

La Perra Caracortada se postró ante mí con una expresión sombría. Yo cerré los ojos, como si me estuviera rindiendo. Prácticamente podía sentir su sonrisa. Mi mano asió la cuchilla, y me espabilé. La hoja cortó un lado de su rodilla descubierta, haciéndola chillar por el dolor. Logré alejarme rodando antes de que su tablón me golpeara.

Con mis manos y rodillas, me levanté y expuse la cuchilla.

—¡PUTA MALDITA! —gritó la Perra Caracortada.

Las chicas se revolvieron dentro de sus celdas.

La Perra Caracortada dejó caer su rodilla para inspeccionar el corte con una mano. Aproveché la oportunidad para mirar alrededor de la habitación. Mis ojos se habían adaptado a la oscuridad, y lo noté. La cadena que sostenía a Angela descendía hacia un soporte en la pared, en donde estaba enrollado y asegurado con un candado.

No crean que seguía velando por la seguridad de Angela. Ya no había tiempo para eso. La cadena era mi único medio para escapar.

—Te voy a matar —murmuró la Perra Caracortada cuando alzó la mirada. Yo estaba caminando en torno a ella. Me sonrió.

—Ven e inténtalo —la invité.

Me encorvé, levanté mi lanza y corrí hacia ella. Mantuve la lanza pegada a mi cuerpo, apuntando a su pecho. Ella se paró sobre su rodilla. Fui rápida, pero pudo apartar mi lanza con un empujón, lo cual me hizo perder el balance y caer encima de ella.

Gritando, levanté mi cuchilla y la apuñalé en el brazo que usó para protegerse la cara. El espejo se partió y jadeé cuando mi mano se rasgó en el pedazo afilado. La hoja también la cortó a ella, pero no mucho.

La Perra Caracortada se rio y logró darme un puñetazo en la mandíbula. Traté de alejarme rodando, pero me agarró del cabello y me atrajo hacia ella.

—He querido matarte por mucho tiempo —me amenazó, lanzándome puñetazo tras puñetazo en donde fuera que pudiera.

Moví una mano detrás de mi espalda y quise agarrar otra cuchilla, pero estaba fuera de alcance por nuestro ángulo. En cambio, me agarré de su pecho y le enterré las uñas lo más fuerte que pude. Mis uñas no eran puntiagudas, pero estaban lo suficientemente afiladas. Su piel se abrió y gritó por el dolor. Encestó un último puñetazo en mi mejilla antes de empujarme.

Me arrastré por el concreto y luché para apoyarme sobre mis manos y rodillas.

—¿Alyssa? —me llamó Angela débilmente.

—¡Angela! —le grité.

La Perra Caracortada se levantó y me miró fijamente, estirando sus brazos para invitarme a atacarla de nuevo.

En vez de ello, me di media vuelta y corrí a las puertas del Infierno. Ella resopló, sorprendida, y corrió detrás de mí. Logré cerrar las puertas de golpe y ponerle seguro justo antes de que ella me alcanzara.

—¡Tengo llaves, perra estúpida!

Me giré hacia la puerta pequeña a mi izquierda y la abrí. Encontré exactamente lo que esperaba.

Cuando la Perra Caracortada abrió las puertas con una expresión furiosa y ruborizada, le disparé con la manguera. Ella chilló y terminó cayéndose ante la presión. Mantuve la boca de la manguera enfocada directamente en la cara terrible de la Perra.

—¡Angela! —la llamé por encima del sonido del agua—. ¿Puedes bajar?

Contestó rápidamente que no podía.

Traté de pensar en un plan, y rápido. Por ahora, la manguera la tenía fijada al suelo. Quién sabía cuánto tiempo iba a durar eso.

De pronto, quedó arrinconada entre dos celdas, y varios dedos serpentearon por las barras. La agarraron del pelo, de los brazos, de su ropa, de cualquier cosa a la que se pudieran aferrar. Las dos chicas en las celdas la jalaban a través de las barras, sosteniéndola firmemente.

Sorprendida, apagué la manguera. Ambas chicas me estaban viendo con ojos amplios.

Salí corriendo a traer mi lanza. Casi me deslizo un par de veces sobre el cemento mojado. Levanté la lanza mientras corría y llegué al candado. Apalearlo con todas mis fuerzas no lo debilitó; no se partía.

Con manos temblorosas, saqué las dos astillas de metal y las metí en el candado.

Nunca esperé tener que falsear una cerradura bajo una presión tan intensa. La Perra Caracortada les gritaba todo tipo de amenazas a las chicas, pero estas se mantenían firmes y repelían sus manos débiles y agarres. Angela se balanceaba desde arriba, tratando de observar lo que estaba haciendo.

Cuando la cerradura hizo clic, casi lloré. El alivio fue tan instantáneo que por poco colapso. Fue la segunda oleada de debilidad que había sentido en apenas unos minutos.

Desenredé las cadenas del pilar y bajé a Angela lentamente. Una vez que estaba en el suelo, corrí hacia ella, me tiré de rodillas y me saqué una cuchilla. Corté la soga alrededor de sus muñecas y tobillos, y ella se estiró en el suelo, frotándose las muñecas.

—Nos tenemos que ir —insistí—. Los demás guardias pueden aparecer en cualquier momento.

—Aún no me voy —suspiró. Con una mano, me quitó la cuchilla—. A la Perra le toca lo suyo.

—Espera —le dije, evitando que se levantara—. Primero ayúdame a salir. Necesito traer a la policía.

Ella asintió.

Las dos chicas pudieron aplacar a la Perra Caracortada mientras nosotras movíamos la cadena por la viga hasta que estaba junto a la pared. Creamos un nudo en un extremo y pusimos el tablón de la Perra Caracortada a través de este para formar un asiento.

Lentamente, Angela le aplicó su peso a la cadena y pudo izarme hasta que llegué a la ventana. La observé en todo momento, y examiné su rostro determinado y extremidades débiles. De alguna forma, había generado la fuerza suficiente para levantarme.

Una vez que estaba lo suficientemente alto, golpeé la ventana con mi lanza. Me tomó un par de azotes, pero la ventana se fracturó, derramando vidrio en la habitación y afuera. Con mi lanza, limpié los fragmentos en la ventana antes de sujetarme del borde sobresaliente con ambas manos.

Ahora, tenía que lanzarme de alguna forma a través de la ventana. Me di unos cuantos empujones para agarrar suficiente impulso, y luego me tiré del asiento. Aferré los brazos al borde de la ventana, y, a pesar de un momento de debilidad, subí mi cuerpo por el agujero.

Le di a Angela un pulgar arriba, y ella me lo devolvió.

Vi el destello de la cuchilla cuando la levantó. Desearía poder haber escuchado lo que dijo mientras caminaba, porque la Perra se quedó tiesa cuando Angela se situó ante ella, eclipsando la iluminación del pasillo.

Observé con satisfacción cómo Angela ensartó la cuchilla en el ojo restante de la Perra Caracortada. Cuando la hoja se partió por mitad, levantó el nuevo pedazo y se lo volvió a enterrar. El llanto de la Perra rebosó por todo el almacén.

Debajo de mí había una caída de dos metros sobre grava. Me dejé ir y caí en las rocas.

Con el temor de que no me quedaba tiempo, cojeé rápidamente por la grava hasta que llegué a una grama alta cercana. Ahí, hice unas zapatillas improvisadas con mi ropa y corrí por el campo, lejos del edificio que me había retenido por diez meses.

El área alrededor del almacén eran tierras de cultivo, y solo para estar segura, llegué hasta la siguiente ciudad antes de tocar alguna puerta. Llámenme paranoica, pero no quería arriesgarme a que los vecinos estuvieran involucrados.

Y ahora estoy aquí. Fui regresada a casa desde Francia después de algo de regateo en la embajada estadounidense por mi pasaporte perdido. Llegué a casa hace más o menos ocho meses, y me he estado recuperando desde entonces, tanto emocional como físicamente.

La policía halló el almacén a pesar de mis instrucciones vagas y poco útiles. Cuando lo descubrieron, encontraron a los cuatro guardias muertos, incluyendo a Jacob. Las chicas debieron de haber matado a los últimos dos, porque todas las puertas de sus habitaciones estaban abiertas.

La Perra Caracortada fue encontrada colgando de la cadena. No especificaron qué tan mutilado estaba su cadáver.

Las chicas nunca acudieron a la policía, o, al menos, no a la policía local. Ni siquiera supe la nacionalidad de ninguna de ellas, así que no podría haberlas buscado. En cambio, estaba más que feliz de ponerlo todo detrás de mí.

Excepto que no dejé de llamar a ese número de teléfono.

Quiero presumirle a D lo que hice. Quiero restregarle en la cara que sí logré escapar de la prisión que ayudó a dirigir. Me sigo diciendo que no es porque quiera impresionarlo. ¿Por qué querría impresionar al hombre que se emocionó por tenerme de rehén, según él, para «mejorarme»?

Al menos, eso es lo que me digo a mí misma.

He llamado a ese número casi un centenar de veces, y siempre fui remitida al buzón de voz. Pero hace dos días, recibí la notificación de que el número estaba fuera de servicio.

Su mensaje de voz se sigue reproduciendo en mi mente:

«Has llamado a David King. Deja tu mensaje».


  • CTM!!! Lo mejor de lo mejor,no me lo esperaba jajaja incluso me saco una lagrimita :’)

  • Volví a leer «Reté a mi mejor amigo..» porque ya no recordaba casi nada y hay una duda que no he podido resolver:
    Si la visita de David al infierno fue una semana antes del escape de Alyssa, y para cuando ella salió, él ya estaba muerto… ¿Cómo es que Zander no notó a David ausentándose para viajar al extranjero si seguía tan de cerca todos sus movimientos en los días previos a su ataque? 🤔

    • Lo mas seguro es que sea simplemente un cameo/homenaje. Es un pequeño detalle sin importancia. Ademas de que me parece que el autor no es el mismo.

  • Esto fue increíble, mil gracias Andrés por tu esfuerzo y dedicación, mis sinceras felicitaciones

  • ¡Wow!, simplemente sin palabras. Me encantó que al fin Liz reaccionará e intentará huir con determinación tras la visita de D quien resulto ser DPK lo cual fue lo mejor de esta creepy, en serio no lo vi venir y es lo mejor que paso. Me hubiese gustado que algunas dudas se resolviesen, que quedara claro por lo menos quien rayos es Ángela, quienes eran esos millonarios que habían escogido a Liz y por supuesto como regresa a su país o será que se queda en el lugar de caracortada después y por ello les cuenta a las nuevas o a algún conocido(?)
    Bueno gracias Andrés, alias tío Creepy por esta traducción.

  • DAVID PUTO KING
    Quedé en shock 😐
    El tío creppy, una vez dijo que del universo de «Reté a mi mejor amigo» salieron otras dos historias. Alguien podría decirme el nombre de la otra…

  • Jajaja pinche David siempre empujando a la gente hasta sus límites…. Es un loquillo

  • AAAHHHHHh ese maldito!!!! me encanto! ame el final pero que lastima que este muerto (supuestamente)

  • Rayos! Terminé de leerla…
    Ahora ¿Qué se supone que deba hacer con mi vida?
    u.u’