Lo recuerdo como si hubiese sido ayer.

Me desperté tarde gracias a que olvidé programar la alarma la noche anterior. Cuando vi que eran las 7:27, salté de la cama como una liebre y comencé a ponerme la ropa furiosamente. Necesitaba estar en mi parada de bus a las 7:35; eso significaba que no tenía tiempo para cepillarme los dientes o comer el desayuno. No, había perdido esos lujos por mi pequeño descuido. Recogí apresuradamente mis libros y hojas de trabajo, bajé las escaleras y salí por la puerta frontal.

Arrastré mi trasero hasta llegar a la parada del bus. Justo cuando doblé por la esquina, pude ver al último chico entrando al autobús amarillo. Le grité un saludo, pero el chico no me escuchó. Aceleré mi trote a medida que el bus comenzaba a arrancar y el humo emanaba del escape.

Volví a gritar, agitando mis brazos. En el espejo retrovisor, hice contacto visual con el conductor del bus. El conductor siempre había sido un anciano austero, así que no puedo decir que me sorprendió cuando me dio una mirada desdeñosa y se encogió de hombros, diciendo: «Muy tarde, niña». El conductor aceleró y se me dejó atrás, abatida, apática y sin un medio de transporte.

Mi escuela estaba a unos veinte minutos de distancia de la parada del bus. No tenía dinero y nunca me había montado en un bus público. Mi mente de diez años se encontraba en un estado de pánico total. Sabía que mi mamá me mataría cuando el profesor la llamara y le dijera que me había saltado las clases. Me senté en la acera suspirando profundamente.

Aún no puedo explicarlo con exactitud, pero algo no se sentía bien. Nunca me había sentido así en toda mi vida, pero había algo que simplemente estaba… mal. Sentí un escalofrío recorriéndome la espina dorsal y no tuvo nada que ver con el viento que se arremolinaba en torno a mí. Me perturbó todavía más el hecho de que el viento sonaba como gritos agonizantes atravesando el aire. Alcé la mirada y noté una furgoneta destartalada de color café mugre que traqueteaba lentamente por la calle. No sé por qué no salí corriendo apenas la vi. Solo me quedé sentada, observando en tanto la furgoneta se desviaba a mi lado hasta detenerse por completo. La ventana del conductor ya estaba recogida, y pude ver a un anciano marchito usando una gorra roja sucia. Me mostró una sonrisa sin dientes antes de hablar.

—¿Qué pasa, niña?

—Perdí el bus —respondí con un aire de derrota. El hombre me observó por un momento antes de responder.

—¿Necesitas un aventón?

Sí, me habían enseñado que nunca debía hablar con extraños ni aceptar ir con ellos. Aun así, era una chica desesperada de diez años que no se quería meter en problemas por faltar a la escuela.

—Sí.

Agarré mi mochila y caminé hacia la puerta del pasajero. Me subí, azotando la puerta detrás de mí. El interior de la furgoneta del hombre estaba asqueroso. Había latas y paquetes de comida vieja en el suelo, y el olor era sobrecogedor. Tosí y quise bajar la ventana.

—Lo siento, niña. Esa ventana no sirve, ni tampoco la puerta, desde adentro.

Miré al hombre, quien me estaba examinando con atención. Sus ojos oscuros proyectaban más alegría de la debida, y empezaba a sentirme incómoda.

—¿A qué escuela vas? —me preguntó, y le contesté.

El hombre sonrió de nuevo y arrancó. Miré a su espejo retrovisor y descubrí, colgando de este, lo que parecía ser un brazalete de niña con los colores del arcoíris. Ahora mi malestar estaba fuera de control, y pese a que traté de apartar la mirada rápidamente, el anciano notó mi interés.

—Ah, ¿esto? Era de mi hija, Jessica. Pienso en ella todos los días.

Extendió una mano y acarició el brazalete. Empecé a ver por la ventana, percatándome de que el hombre había tomado una ruta completamente diferente a la que el bus tomaba.

—¿Qué… Qué le pasó? —pregunté, aturdida.

El anciano se mantuvo en silencio por varios segundos largos antes de contestar.

—Pues… falleció en un accidente de auto. Las carreteras son peligrosas, sabes. Especialmente en esta ciudad.

Los latidos de mi corazón se aceleraban con cada segundo. Me preguntaba si el anciano me había mentido sobre si la puerta no funcionaba. Estaba considerando seriamente empujarla de todas formas.

—¿Qué edad tienes, señorita?

—Diez —respondí velozmente tratando de ocultar mi nerviosismo, sin éxito. El hombre se quedó viendo adelante con la mirada perdida por varios minutos.

—Sí… Esa edad tenía mi Jessica cuando falleció.

Estiró una mano por mi pierna, y yo me encogí por instinto. Sentí que el rostro se me ruborizó cuando me di cuenta de que el hombre simplemente iba a agarrar una bolsa abierta de papitas que estaba a un lado de mi asiento.

—¿Estás bien? —me preguntó, llevándose algunas papitas a la boca. Asentí lentamente, recolocando mis pies en el suelo.

Me asomé por la ventana y sentí que el alivio me inundó como nunca lo había hecho antes. Nos encontrábamos en la calle de mi escuela. ¿Cómo habíamos llegado tan rápido? El anciano debió de haber tomado algún tipo de atajo.

La furgoneta disminuyó la velocidad hasta detenerse frente a la escuela, y el anciano saltó por su puerta. Caminó a mi lado y abrió la puerta por mí. Me bajé, con su ayuda, contemplando su rostro arrugado.

—Gracias por traerme, señor.

El anciano asintió, dándome otra sonrisa.

—No hay problema, cariño.

Regresó a su furgoneta y se alejó. Lo vi irse, preguntándome qué demonios acababa de pasar. ¿Qué fue lo que trató de decirme mi intuición infantil? Ese hombre claramente era inofensivo. Si no lo fuera, no me encontraría en la escuela en ese momento. Negué con la cabeza y caminé al edificio.

Para mi desconcierto, todos los profesores estaban llorando. Mi bus nunca llegó a la escuela. Un carro había saltado inesperadamente hacia el carril del conductor del bus, y este hizo un giro brusco, provocando que el bus cayera por el costado de un puente. No hubo sobrevivientes.


  • Imagine todo tipo de cosas que le haría el señor, que probablemente la secuestraria para reemplazar a su hija o alguna cosa de ese tipo, el final me dejó con un desconcierto porque las cosas pueden cambiar por un minuto que salgas tarde

  • Cuando tu -por instinto- también crees que algo jocosamente malo iba a pasar, pero solo es un buen hombre que te hizo un favor y de paso se vengo del odioso conductor malacara que no te quiso esperar :’3

  • Pensé que la mataría igual que como murió su hija v:

  • No sé si algunos lo han notado pero había una Crepy muy similar a esta, en «Terror en Minutos» donde una niña se baja del bus porque se da cuenta que éste se desvía de su ruta habitual… tienen que leerlo ñ.ñ