Fui uno de siete niños, y debo decir que mis padres no fueron muy inteligentes al tratar de criarnos a todos únicamente con el salario de un maestro suplente. Pero nos querían mucho. Lo sé porque nos lo decían a menudo. Soltaban las palabras tanto que bien pudieron haber sido puntuación para todo lo demás que decían.

En los cumpleaños, mamá y papá nos reunían y nos contaban la historia de cómo llegamos a la familia —entre las muecas de fastidio de los hermanos mayores que lo habían escuchado un millón de veces, y las muecas de asco de los menores—.

«Te uniste a nuestra familia aullando y cubierto en la sangre de tu madre. Chico, ¡qué par de pulmones los que tenías!».

Ese tipo de cosas.

No teníamos mucho, y lo que teníamos era compartido; ropa de segunda mano que era cedida hasta que se convertían en jirones que luego eran usados como trapos. No se desperdiciaba nada. También nos mudábamos con frecuencia. Conforme crecía, sumé dos más dos y me di cuenta de que nuestro estilo de vida ambulante era porque teníamos que huir de la ciudad antes de que los caseros enojados nos denunciaran por deudas de alquiler.

Así que sí, la situación era difícil, pero éramos muy apegados. Mi hermana mayor me llamaba todos los días cuando se fue a la universidad. Mis hermanos siempre estaban ahí cuando los niños del vecindario buscaban pelea. Esos niños que eran groseros de la forma en que solo los niños pueden serlo. Mucho se debía a los rumores de que todos nosotros éramos bastardos de los múltiples amoríos que nuestra madre había tenido. Podía entender por qué creían eso; colócanos en fila y no verás un parentesco fuerte. Pero mamá y papá estaban locamente enamorados y sabía que ni siquiera considerarían ponerse los cuernos.

Solo tuvieron un hijo más después de mí. Mamá no reveló que íbamos a tener otro hermano hasta casi el final. Me imaginé que, por su edad, querían estar seguros. Me sorprendió que tuvieran otro; estaba en mis años preadolescentes para entonces y pensé que iba a ser el bebé de la familia por siempre. Ese pobre niño iba a tener la misma edad que su sobrina, dado que mi hermana acababa de tener su primera hija cuando mamá hizo el anuncio.

Un mes atendiendo todas las necesidades de nuestra madre, discutiendo cunas y nombres de bebé. Luego mis padres se fueron de viaje por unos días y cuando regresaron ya tenía un hermanito.

Desde que posé mis ojos en él, tuve un mal presentimiento en la boca del estómago. Sabía cómo se tenían que ver los recién nacidos saludables por las fotografías de la bebé de mi hermana. Mi nuevo hermano no se veía como un recién nacido saludable.

Si hubiese sabido entonces lo que sé ahora, se lo habría dicho a alguien. Servicios infantiles, quizá a un profesor. Pero era felizmente ignorante, quizá obstinadamente. Y no hice nada.

Quise tratar a mi hermano bebé como uno más de la familia, en verdad lo intenté. Pero creo que fue un alivio para todos cuando me mudé unos años después. Demasiada tensión.

Cinco semanas antes de mi graduación, me cayó la llamada. Ven a casa de inmediato; mamá tiene cáncer. Abandoné todo para estar con ella. ¿Tú no lo harías?

Mi hermana se convirtió en doctora, ¿mencioné eso? Básicamente se mudó con mi mamá para ser su enfermera a tiempo completo. Por la expresión de labios fruncidos que me dio cuando me saludó en la puerta de entrada, supe que era serio.

Mamá mantuvo la frente en alto, pero se había ido en cuestión de meses. Recuerdo que mi hermana se quedó despierta hasta muy tarde esa noche, estudiando la información médica de mi mamá y murmurando lo imposible que era. No lo entendí en ese entonces.

Poco después del funeral, papá se tragó lo que quedaba de los medicamentos de mi madre y la siguió. Nos dejó una carta, el bastardo.

Después de que la policía y la ambulancia partieran, vi que mi hermano mayor leyó la carta antes de arrugarla y tirarla en la chimenea. Nos dijo que no necesitábamos saber por qué papá hizo lo que hizo. Que lo único que debíamos saber era cuánto él y mamá nos amaron. Miró directamente a mi hermana mientras lo decía.

El presentimiento que había estado enrollado en mis entrañas por ocho años se solidificó. Más tarde, cuando saqué el registro médico de mi mamá de la basura, finalmente tuve palabras para lo que sentía.

Mi mama tenía antecedentes de cáncer de ovarios en su familia. Pero lo que debió haber sido devastador para ella fue la infertilidad que le causaron. No después del nacimiento de mi hermano más joven, oh no. Dos años antes del mayor.

El empleo discreto de mi papá. Las mudanzas constantes. La manera en que todos nos veíamos diferentes. Los embarazos no anunciados con antelación. El suicidio.

La apariencia de mi hermano bebé cuando lo trajeron a casa. No se veía como un recién nacido real. Sino como un recién nacido de la televisión. Como un bebé que ya tiene dos o tres meses de edad.

Y, finalmente, lo que investigué más tarde, después de que me había emborrachado meticulosamente. La cadena de asesinatos que seguían a las mudanzas de nuestra familia.

Todos nos unimos a la familia llorando y cubiertos en la sangre de nuestra madre. Pero no la sangre de la mujer que nos crió.


  • Aquí lo importante es que eran queridos, podía haber sido peor

  • Todo bonito hasta que se dan cuenta de la vida que pudieron tener con su verdadera familia

  • La sinceridad ante todo, lo más cool es que realmente no se desperdicia nada; la medicina de ella sirvió para el suicidio de él