No sabía en dónde publicar estas historias, así que pensé en compartirlas por aquí. He sido un oficial de búsqueda y rescate por varios años ya, y a lo largo del tiempo he visto algunas cosas que creo que podrían interesarles.

Tengo un historial muy favorable al momento de encontrar personas desaparecidas. La mayoría de las veces simplemente deambulan lejos del sendero principal o se resbalan por un acantilado pequeño y no pueden encontrar el camino de vuelta. Muchos de ellos han escuchado la vieja instrucción de «quédate en donde estás», así que no se alejan demasiado. Pero he tenido dos casos en donde eso no pasó. Ambos me molestan bastante, y los uso como motivación para esforzarme todavía más en las búsquedas de personas desaparecidas a las que soy asignado.

El primero fue de un niño pequeño que estaba recogiendo bayas con sus padres. Él y su hermana estaban juntos, y ambos desaparecieron alrededor de la misma hora. Sus padres los perdieron de vista por algunos segundos, y ambos niños se extraviaron en ese tiempo. Cuando sus padres no pudieron encontrarlos, nos llamaron a nosotros y llegamos para inspeccionar el área. Encontramos a la hija bastante rápido, y cuando le preguntamos en dónde estaba su hermano, nos dijo que se lo había llevado «el hombre oso». Nos dijo que el hombre oso le regaló bayas y le pidió que se mantuviera callada, pues quería jugar con su hermano por un rato. La última vez que vio a su hermano iba montado en los hombros del hombre oso y se veía tranquilo. Por supuesto, nuestra primera impresión fue que era un secuestro, pero nunca encontramos ningún rastro de otro ser humano en esa área. La niña también fue insistente con que no era un hombre normal, sino que era alto y estaba cubierto de pelaje, «como un oso», y que tenía «un rostro extraño». Registramos la zona por semanas; fue uno de los casos más largos de los que he sido parte, pero nunca encontramos ni un solo rastro del niño.

Fui asignado al segundo caso justo después de haber culminado mi entrenamiento, cuando aún era bastante nuevo en todo. Antes de tomar este trabajo, solía ser un voluntario, así que tenía una idea básica de qué esperar, pero la mayor responsabilidad que había tenido era ayudar en las búsquedas luego de que los veteranos encontraban el rastro. Como oficial de búsqueda y rescate, sales a todo tipo de casos, desde mordidas de animales hasta ataques cardíacos. Como alguien que pasa literalmente todo su tiempo en los bosques, nunca quieres darte la oportunidad de sentirte intimidado por la soledad. Es por eso que, cuando tienes experiencias como estas, simplemente tratas de olvidarlas y seguir adelante. Hasta la fecha, el siguiente caso es el único que me ha hecho reconsiderar seriamente si este trabajo era el indicado para mí. Realmente no me gusta mucho hablar de ello, pero haré mi mejor esfuerzo para recordarlo todo. Si no me equivoco, sucedió justo al final de la primavera.

Es la llamada típica de un infante desaparecido: una niña se ha alejado del campamento de su familia y ha estado perdida por más o menos dos horas. Sus padres están completamente abatidos, y nos dicen lo que la mayoría de los padres nos dicen: mi hija nunca se iría a vagar, siempre se queda cerca, nunca ha hecho algo como esto. Les aseguramos que haremos todo lo posible para encontrarla y nos separamos en una formación de búsqueda estándar. Estoy con uno de mis buenos amigos, y mantenemos una conversación casual mientras escalamos. Sé que suena insensible, pero verdaderamente te desensibilizas cuando has estado haciendo esto por suficiente tiempo. Y creo que, hasta cierta medida, te conviene desensibilizarte para poder cumplir con el trabajo. Buscamos por unas buenas dos horas, yendo mucho más allá de donde creíamos que la niña podría estar. Mi amigo y yo emergemos de un valle pequeño cuando algo nos hace detenernos en unísono. Hubo una sensación como de un avión despresurizándose. Nos congelamos y nos miramos el uno al otro. Mis oídos se destapan y tengo la extraña impresión de haber caído tres metros. Estoy por preguntarle a mi compañero si él también lo había sentido, pero entonces escucho el ruido más fuerte que he oído en toda mi vida. Es casi como un tren de carga pasando directamente a nuestro lado, pero proviene de toda dirección posible, incluso por encima y por debajo de nosotros. Mi amigo me grita algo que no puedo escuchar por el rugido ensordecedor. Comprensiblemente alterados, miramos a nuestro alrededor tratando de encontrar la fuente del sonido, pero ninguno de los dos logra ver nada. Por supuesto, mi primera teoría es un derrumbe, pero no estamos cerca de ningún precipicio. El sonido sigue y sigue, y ambos estamos tratando de comunicarnos a gritos, pero ni estando a un metro de distancia podemos escuchar algo que no sea el ruido. Luego, tan súbito como empezó, se detiene como si alguien hubiese usado un interruptor para cortarlo. Nos quedamos parados por un segundo, perfectamente inmóviles, y los sonidos normales del bosque regresan de poco en poco. Mi amigo me pregunta qué mierda acaba de pasar, pero yo solo me encojo de hombros y me conecto a la radio para preguntar si alguien más acababa de escuchar el fin del puto mundo, pero nadie más lo escuchó, a pesar de que todos estábamos separados a distancia de grito. Mi amigo y yo tratamos de ignorarlo y seguimos caminando. Más o menos una hora más tarde, todos chequeamos por los radios y nadie ha encontrado a la niña. La mayoría de las veces no hacemos búsquedas cuando oscurece, pero como no tenemos ningún tipo de pista, algunos de nosotros decidimos continuar. Nos mantenemos cerca los unos de los otros y estamos llamando a la niña cada par de minutos, pero no vemos ninguna señal de ella ni recibimos respuestas. Alrededor de la medianoche, decidimos dar la vuelta y regresar al punto de encuentro. Hemos recorrido la mitad del camino cuando mi amigo se detiene y brilla la luz de su linterna hacia nuestra derecha, a un grupo de árboles muertos. Le pregunto si ha escuchado a la niña, pero solo me dice que guarde silencio por un segundo. Lo hago, y, en la distancia, puedo escuchar lo que suena como una niña llorando. Ambos llamamos a la niña por su nombre y prestamos atención a cualquier tipo de respuesta, pero solo se oye ese llanto tenue. Caminamos hacia los árboles muertos y los rodeamos, llamando a la niña una y otra vez. A medida que nos acercamos al llanto, empiezo a tener un presentimiento extraño en mis entrañas, y le digo a mi amigo que algo no está bien. Él me dice que siente lo mismo, pero no podemos descifrar qué está mal. Nos detenemos y gritamos el nombre de la niña de nuevo. Y, al mismo tiempo, ambos lo comprendemos. El llanto es un bucle. Es el mismo sollozo abrupto, seguido por un lamento y un hipo leve, repitiéndose una y otra vez. Es exactamente lo mismo cada vez. Sin decir otra palabra, salimos corriendo. Es la única vez que he perdido la compostura de tal forma, pero algo de toda esa situación se sentía increíblemente peligroso y ninguno de los dos queríamos seguir expuestos. Cuando regresamos al punto de encuentro, preguntamos si alguien más había visto o escuchado algo extraño, pero nadie sabía de qué estábamos hablando. En cuanto a la niña, nunca encontramos su rastro. Aún estamos pendientes de ella, como lo estamos de todas las personas que nunca aparecieron, pero francamente dudo que vayamos a encontrar algo.

Desde entonces, he tenido la oportunidad de realizar muchas búsquedas con la ayuda de caninos, y a veces se da el caso de que han tratado de guiarnos hasta la cima de acantilados. No colinas, ni siquiera paredes de roca; acantilados escarpados con cientos de metros de caída, sin ningún soporte del cual agarrarse. Siempre es desconcertante, y en esos casos usualmente encontramos a la persona a kilómetros de donde los caninos nos guiaron.

Un caso particularmente triste que recuerdo involucró la recuperación de un cadáver. Un chico de trece años se había caído por un terraplén y fue empalado por un árbol muerto en la base. Fue un accidente completamente insólito, pero nunca olvidaré el sonido que su madre hizo cuando le contamos lo que pasó. Vio la bolsa del cadáver siendo montada a la ambulancia y soltó el lamento más atormentado y desconsolado que he escuchado. Fue como si toda su vida se desplomara sobre ella y una parte de su alma muriera junto a su hijo. Supe, por boca de otro oficial, que se suicidó semanas después. No pudo vivir con la pérdida.

En una ocasión distinta, fui emparejado con otro oficial de búsqueda y rescate porque habíamos recibido reportes de que había osos en el área. Estábamos buscando a un sujeto que no había regresado a casa de un día de escalada, y tuvimos que hacer una escalada seria para llegar adonde creíamos que iba a estar. Lo encontramos atrapado en una grieta pequeña con una pierna rota. No fue agradable. Había estado ahí por casi dos días y su pierna estaba muy evidentemente infectada. Pudimos subirlo a un helicóptero, y escuché de parte de uno de los paramédicos que el sujeto estaba absolutamente inconsolable. No paraba de hablar sobre cómo le había ido bien hasta que llegó a la cima y se encontró con un hombre. Dijo que no tenía equipo de escalada y vestía con una parka y pantalones de esquí. Se acercó al hombre, pero cuando este se dio la vuelta, vio que no tenía rostro. Que «simplemente estaba vacío». Se alteró y quiso bajar la montaña demasiado rápido, razón por la cual se había caído. Dijo que pudo escuchar al hombre toda la noche bajando de la montaña y profiriendo unos gritos ahogados terribles. Esa historia me sacó tremendo susto y agradezco no haber estado ahí para escucharla.

La última historia que les contaré es probablemente la más rara que tengo. Ahora bien, no sé si esto es cierto para todas las unidades de búsqueda y rescate, pero en la mía es una situación cotidiana con la que nos topamos.

Uno de mis primeros trabajos como aprendiz fue la operación de búsqueda de un niño de seis años que se había separado de su madre. Fue uno de esos casos en donde sabíamos que íbamos a encontrarlo, porque los perros estaban siguiendo un aroma fuerte y veíamos señales claras de que había estado en el área. Terminamos encontrándolo por un sembradío de bayas a un kilómetro de donde había sido visto por última vez. El niño ni siquiera se había dado cuenta de que deambuló tan lejos. Uno de los veteranos lo llevó de vuelta, por lo cual estuve agradecido, porque realmente no soy bueno con los niños y se me hace difícil hablar con ellos y hacerles compañía.

Mientras mi entrenadora y yo estamos regresando, ella decide llevarme por un desvío para mostrarme uno de los lugares críticos en donde se tendía a encontrar muchas personas desaparecidas. Se trataba de una concavidad natural en el terreno cerca de un sendero popular. Llegamos más o menos después de una hora. Mientras estamos caminando por el área, y ella está señalando los lugares en donde había encontrado personas en el pasado, veo algo en la distancia. Ahora bien, el área en la que nos encontramos solo está a unos trece kilómetros del área principal del parque. Sin embargo, son tierras protegidas por el Estado, lo cual significa que no debe existir ningún tipo de construcciones comerciales o residenciales. Lo más que se puede avistar es una torre contra incendios o un refugio improvisado que los vagabundos creen que pueden construir a escondidas. Desde donde estaba parado, sabía que fuera lo que fuera lo que estaba viendo, tenía bordes rectos, y si hay una cosa que aprendes rápido es que la naturaleza rara vez crea líneas rectas. Intrigado, se lo señalo a mi entrenadora, pero no contesta nada. Simplemente se queda atrás y me permite acercarme para ir a revisarlo. A unos veinte metros de distancia, se me erizan todos los vellos de la nunca. Es una escalera. En medio del maldito bosque. Es una escalera normal, con alfombra color beige y de unos diez escalones de altura. En el contexto apropiado, sería la cosa más benigna del mundo. Pero en vez de estar en una casa, en donde obviamente debía estar, se encuentra ahí, en medio del bosque. Los costados están descubiertos y puedo ver la madera de la cual está hecha. Es casi como un error de videojuego, cuando la casa no termina de cargarse y las escaleras es lo único que se ve. Me quedo ahí parado y es como si mi cerebro estuviera trabajando tiempo extra para hallarle sentido. Mi entrenadora se acerca y simplemente se para a mi lado de forma casual, viendo la escalera como si fuera lo menos interesante del planeta. Le pregunto qué demonios hace esa cosa ahí, ante lo cual solo se ríe. «Acostúmbrate, novato. Vas a ver muchas de estas». Comienzo a acercarme, pero me agarra el brazo. Con fuerza. «Yo no haría eso», me dice. Su tono de voz es despreocupado, pero su agarre es firme, y me quedo quieto. «Las verás todo el tiempo, pero no te acerques a ellas. No las toques, no las subas. Solo ignóralas». Tengo muchas preguntas, pero algo en su mirada me dice que lo mejor es callar. Al final, seguimos avanzando. El tema no volvió a surgir por el resto de mi entrenamiento.

Pero tuvo razón. En casi cualquier operación en donde realmente nos internamos en la naturaleza —estoy hablando de cuarenta o sesenta kilómetros—, encontraremos una escalera en medio del bosque. Actualmente, solo las ignoro cuando me topo con ellas, porque sucede con mucha frecuencia. Aparecen en una variedad de formas, tamaños, estilos y condiciones. Algunas están dilapidadas, hechas ruinas, pero otras están completamente nuevas. No se alzan infinitamente ni más allá de lo que alcanza la vista, pero algunas son más altas que otras. Como mencioné antes, imaginen las escaleras de una casa, como si alguien las hubiese cortado y pegado en medio de la nada. Vi unas que parecían ser de un faro: eran de metal y en espiral, como de la antigüedad. Las más grandes que he visto parecían ser de una mansión de finales de siglo, y tenían al menos tres metros de ancho.

En ciertas ocasiones he tratado de discutirlas con otros oficiales de búsqueda y rescate, pero incluso cuando saben de qué estás hablando, nunca te dicen mucho. Ahora sé que nuestros superiores nos piden que no toquemos el tema, y para este punto todos nos hemos acostumbrado tanto que ni siquiera sigue siendo raro. Cuando los aprendices me cuestionan sobre las escaleras, les doy las mismas respuestas que me dieron a mí. Y realmente no tengo nada más que decirles.

Sé que esto terminó convirtiéndose en un gran muro de texto, y por eso me disculpo. Tengo muchas historias más, y si están interesados, publicaré más mañana por la noche. Si alguien tiene teorías sobre las escaleras, o si también las han visto, háganmelo saber. Quería llegar a las historias que mi amigo me ha contado, pues tiene unas muy buenas, así que las incluiré en la publicación de mañana.

  • Presiento que las escaleras se conectan entre si o entre sitios del bosques. Quizas el niño empalado subio una y aparecio en el acantilado

  • Creo que el que mas me perturbó fue el del «hombre oso» .. :’v
    Xq sólo se llevo al niño? Se transporta con las escaleras? Roba niños de muchas épocas y x eso las escaleras son diferentes cada vez?
    Y los entrena y cuando crecen son los nuevos «hombres oso»..
    Esas preguntas no me dejarán dormir esta noche :3

  • Mi imaginación me dice que los que nunca aparecen se van por dichas escaleras

  • Yo sólo me pregunto si el Tío Creepy seguirá la promesa del autor de subir hoy la segunda parte.

  • Fue bastante interesante lo de las escaleras, lo he visto en varios videos y aun me pregunto que hacen en medio del bosque

  • El caso que más me llamó la atensión fue la del niño que se lo llevó el Hombre Oso 😕. Lo de las escaleras pensé que era solo parte del crepy (o sea algo inventado), pero estuve averiguando y Dross también habla sobre ellas… 🙄

  • capaz que al subir las escaleras te llevan a otra dimension :0