El otro día, mi vecino trajo unas zapatillas para bebé. Eran rosadas y tenían escarcha en las puntas y flores de lentejuela a los costados. Las contemplamos por unos minutos y le di las gracias por el regalo. Después de que se fue, las tiré en el armario de mi habitación con toda la demás basura para bebé que había recibido en los últimos seis meses.

Hace seis meses, todos en mi pueblo comenzaron a preguntarme sobre «mi bebé». No tengo ningún bebé, nunca he dado a luz ni mucho menos he estado embarazada. Creí que me estaban confundiendo con alguien más; no tengo un aspecto particularmente único. Quizá otra chica bajita, de cabello negro y ojos castaños había dado a luz recientemente. Pero soy tímida por naturaleza y sureña de nacimiento, así que era muy afable como para decir «te equivocaste de persona, no tengo ningún bebé». En su lugar, dije cosas como «um, eh, ¿bueno?». Más que todo porque creí que fue un caso de identidad confundida.

Me trajeron ropa de bebé, una cuna y un columpio que se conecta a la pared y se sacude, además de juguetes y pañales. Era una situación realmente extraña, sin duda. Pero entonces, para decirlo sencillamente, las cosas se pusieron más raras. Estaba en el supermercado y el gerente, un anciano amigable, se me acercó y me preguntó sobre «mi niñita dulce». Me preguntó si le gustaba la nueva leche que me había sugerido, y si quería más. Yo solo le sonreí. Cuando llegué a casa, encontré la leche en las bolsas de supermercado y una lata casi vacía en mis gabinetes. Ni siquiera recuerdo haberla puesto en el carrito.

Ahora, el problema es que todos han sido muy buenos conmigo, y la situación es tan rara que comencé a seguirles la corriente. «¿Cómo está la preciosa?», me podría preguntar un vecino cuando salíamos a recoger el correo. «Ah, ¡está de maravilla! Durmiendo toda la noche», le contestaría.

En una ocasión, una mujer que compraba café en el mismo lugar que yo me preguntó si quería llevar a mi niña «de cinco meses» para que jugara con su niña de nueve. La dejé plantada. Pero la próxima vez que la vi, me habló para programar otra cita y mencionó lo mucho que nuestras dos «preciosuras» se habían divertido. Me enseñó una fotografía en su teléfono. «¿No se ven preciosas en esta foto? ¡Tu niñita tiene los ojos azules más hermosos! Su vestido los hace resaltar. Te mandaré la foto por mensaje». Vi la fotografía y había una bebé regordeta con una camiseta roja y pantaloncillos azules. Tenía cabello negro y ojos oscuros. Era la única bebé en la foto.

Llegué a casa y abrí el armario de mi habitación lleno de basura para bebés. Saqué un oso de felpa y una caja sellada que traía una mesa para cambiar pañales. Saqué una bolsa con ropa nueva. La regué por mi cama y empecé a revisarla. Encontré un vestido azul claro.

Hace unos días, decidí llamar a mi mamá.

—¿Aló? —contestó.

—¿Mamá? Soy yo.

—Ah, Perla, hola.

—¿Cómo estás? —No hablamos a menudo.

—Estoy bien, todos estamos bien aquí —Hizo una pausa y luego preguntó—: ¿Y ustedes dos como están?

—¿Ustedes… dos? —repetí, vacilante.

—Vaya, no seas así. Sé que no he estado muy pendiente, pero sí me preocupo por ti y mi nieta —aclaró amargamente.

—Lo sé, mamá. Ah, está llorando. Debo irme —mentí.

—Dile a Holly que la quiero —comentó y luego colgó antes de que yo lo hiciera.

Lo curioso es que Breakfast at Tiffany’s había sido mi libro favorito cuando era niña. Siempre había pensado que Holly sería un nombre espectacular para una niña, si llegaba a tenerla.

Fui a mi habitación para guardar mi teléfono después de la conversación breve con mi madre. La mesa para cambiar pañales y la cuna estaban instaladas cuidadosamente a un lado de la ventana. Yo no había hecho eso. Estaba segura. Caminé a la cuna y revisé el interior. No había nada. Me acerqué a la mesa y me detuve justo antes de golpearme la espinilla contra una de las patas de madera, porque recordaba que me había pasado antes. Agaché la mirada y vi un moretón en mi espinilla. Sabía que me la golpeé en esa mesa, pero también sabía que nada de eso estaba ahí antes. Lo sabía.

—¿Cómo está Holly hoy? —me preguntó mi vecino del otro lado de la calle. Ambos estábamos sacando el correo.

—Está bien, tan feliz como siempre.

—La escuché gritando sin parar cuando llegué a casa anoche. Me sorprendería si pudiste hacer que se durmiera.

—Una vez que la acuesto, no tarda mucho.

Entré a la casa y revisé mi correo. Un montón de basura y algunos sobres rojos. Puse todo en la repisa de la cocina y abrí un gabinete para sacar un vaso. Escuché unos ruidos que provenían de mi habitación. Me detuve y presté atención. Por un minuto, no oí nada, así que agarré el vaso y me serví agua del lavado. Escuché algo por encima del sonido de la llave. Holly debía estar despierta.

Fui a mi habitación y me asomé en la cuna. El elefante de felpa de Holly estaba acostado ahí. Me agaché y lo levanté. Era adorable, no me extrañaba que me lo hubieran comprado para Holly. Bajé al elefante en la cuna y tomé un sorbo de mi vaso, dándome cuenta de que estaba sosteniendo un biberón. «Olvidos de madre», pensé. ¿En dónde dejé mi vaso? Pero entonces vi que lo tenía en la mano. Y no soy una madre, ¿qué mierda estaba pensando? Me asomé por la cuna.

¿Por qué aún tenía esa mierda en mi habitación? Pateé la cuna. Luego la pateé de nuevo y de nuevo hasta que la madera se empezó a partir. Tiré de lado la mesa para cambiar pañales. Abrí mi armario y metí los pedazos de la cuna y cualquier otro objeto relacionado con bebés que pude encontrar. Cerré la puerta de golpe. Decidí que ya no podía mantener esa farsa. Ya no seguiría con esa estupidez.

Esta mañana, salí a comprar café. Estaba muy cansada. Sentía que no había dormido en toda la noche. El mesero me sonrió.

—¿Tu niña te mantuvo despierta? —me preguntó.

—No —dije firmemente. Su sonrisa menguó.

Me senté en una mesa para beber mi café. Una mujer se me acercó. Me preguntó cómo estaba, y cómo estaba mi hija.

—Estoy bien —contesté, y lo dejé así.

Se sentó en mi mesa, y con una voz preocupada y susurrante, me preguntó si estaba experimentando sentimientos de depresión. Me dijo que las madres nuevas se sentían así con frecuencia.

—No soy una madre nueva.

Llegó un hombre y caminó rápidamente a mi mesa. Se inclinó y me murmuró algo al oído. Al principio, no lo procesé.

—¿Qué? —pregunté.

—Dejaste a tu hija en el auto —dijo de nuevo.

Me puse de pie de un salto y corrí hacia afuera. Le quité el seguro a mi auto y abrí la puerta. ¿Cómo podía haber sido tan torpe? ¿Qué tan jodida debía de estar para dejar a mi hija en el auto? Pero no había nada. Ninguna niña, ningún asiento para coche. Conduje a casa.

Me senté en mi cama y revisé las fotografías en mi teléfono. Miré la fotografía de la niña regordeta con la camisa roja. Me le quedé viendo. ¿En dónde estaba? ¿En dónde estaba Holly? Solo había una niña en esa fotografía, pero todos los demás decían que había dos. La gordita y mi pequeña Holly, de ojos azules y vestido celeste. Era verdad, se veía preciosa en ese vestido celeste. Aún me falta escribir un poco más, pero Holly empezó a llorar. Iré a ver cómo está.


  • Almenos esta viva y la madre esta en piloto automático jaja

  • Y yo preocupado por no saber donde dejé las llaves.

  • Es la segunda historia que no logro entender del todo.
    Me dejó losnervios de punta, ¿dónde duerme la pequeña Holly ahora que la cuna está destrozada? 😨

  • Qué buena comunidad!!! Quiero vivir allí y diré que tengo 3 hijos (aunque en realidad solo tengo 2)….

  • Me parecio muy buena, muchas teorias para el porque le sucede eso. Me imagino :D

  • Todo el tiempo tuve miedo de que le pasara algo malo a la niña porque fuera invisible para su mamá 🤦🏾‍♀️